Había una vez una princesita muy caprichosa en el palacio de un país muy lejano del sur
donde todo era algarabía y felicidad  mientras se complacían los caprichos de la hermosa
“MUCHACHITA”
Su padre, el rey, había elegido cuidadosamente a su servidumbre para que cumpliera con
afán y esmero todas las exigencias de aquella venerada princesita.
En la cocina un gran chef preparaba los manjares y postres mas sofisticados y deliciosos del
mundo para satisfacer los gustos sibaritados que ostentaba la bella princesita.
Su paje, un enano, que era casi como su conciencia, la divertía trayéndole chismes de los
pasillos de palacio.
Mientras comía la beldad, en punto del desayuno, del almuerzo o de  la cena un trío
maravilloso de cuerdas y oboe le interpretaba baladas compuesta por un loco de amor,
que élla enamoraba.
Todo era tranquilo y calmo mientras se satisfacía y se cumplía las caprichosas ocurrencias de
los estados de ánimo de la princesita.
Hasta que un bueeeeeeeen diiiiiiiiia. . . después de degustar y comer opíparamente, a un
chasquido de dedos, el capitán mesero le sirvió un café y se retiró, olvidándose de ponerle
azúcar. “SE OLVIDARON DE PONERLE AZUCAR AL CAFE” profería la princesa con
berrinches y gritos, que escuchaba atónito el resto de los moradores del palacio. “PADRE,
ECHALOS A TODOS” vociferaba la princesita. Su paje le pedía calma y la consolaba
diciéndole con su consabida mala intención “MANDALOS A LA HORCA O A LA
GUILLOTINA, MI PRINCESA” y la princesa mandó a matar a toda su servidumbre.
Y desde aquel fatídico día nadie mas quiso, por temor, servir a la princesa y ese malvado
enano tuvo que pagar un alto precio por aquel equivocado consejo; se convirtió en
el sirviente, en todos los menesteres, de la princesa: mucamo, cocinero, lavaplatos y músico
de la caprichosa chiquilina. Lo hacía todo mal, la habitación se llenó de suciedad y mugre;
cocinaba comidas chatarra, todo era un desastre y cuando la princesita quería escuchar
música, él le entonaba canciones con una guitarra desafinada y destartalada y ya no divertía
a la princesita trayéndole chismes de los pasillos de palacio porque terminaba extenuado
La princesita vivía flaca y harapienta; el paje, enano maquinador de su conciencia terminó
borracho, andrajoso y despreciado deambulando en soledad por las calles de aquel lejano
pueblo.
La princesita se quedo solita y triste hasta que murió de pena y arrepentimiento en el
palacio de aquel reino muy lejano del sur.
Este cuento nos enseña que no debemos apresurarnos en las decisiones que tomamos,
para no matar a las personas que nos aman y nos sirven desde su corazón; ésas que nos
llenan la vida con poesías, que nos dan de comida su ternura y que a veces nos sorprenden
con un “te amo” en los momentos mas caprichosos de nuestra manera de ser.
Después de darnos tanto y lo mejor de éllos, cualquier error deberá ser insignificante a
nuestros ojos (se olvidaron de ponerle azúcar al café) y en vez de matarlos, quitémonos de
nuestros sentimientos el enano mental que nubla  nuestros corazones, nos atrofia de
infelicidad  la mente y nos destroza el alma!

FELICIDADES, A TODOS LOS QUE PUDIERON BRINDAR CON  AMOR EN ESTA  NAVIDAD !
                                                                                                                                                 
 King Clave
“Se olvidaron de ponerle azúcar al café"

Cuento de King Clave
5 de la mañana 25 de Diciembre,
2010